El sueño de una Argentina desarrollada – El Germen FCE|UBA

Entrevista a Germán Herrera Bartis

Producción: Alejandra Alderete y Matías Finkelstein

El camino hacia el desarrollo es uno de los aspectos más controversiales y menos resueltos a la hora de proyectar la economía argentina. Hay varios enfoques respecto al tema: si bien la visión más clásica y difundida descansa sobre el principio de las ventajas comparativas en la explotación de recursos naturales, haciendo foco en el potencial rol exportador de los mismos, es innegable que la industria local cumplió y cumple un rol fundamental tanto en la generación de empleo de calidad directo e indirecto como en la creación de valor agregado en vastos sectores.  Pero también cabe preguntarse: ¿es recomendable pensar de manera nostálgica en una reindustrialización similar a la que se había conseguido parcialmente hacia mediados de los años 70? Para debatir estas cuestiones y desentrañar cuáles son los elementos claves y los caminos posibles para alcanzar el desarrollo en un país como Argentina entrevistamos a Germán Herrera Bartis, Economista graduado en la UBA y Secretario de investigación de la Asociación de Economía para el Desarrollo de Argentina (AEDA).

¿Qué implica ser un país desarrollado y cuáles son los ejes que considerás fundamentales para pensar en el desarrollo de un país como Argentina?

G. Herrera: El desarrollo es un concepto multidimensional y dinámico, porque va cambiando. Son muchos los aspectos involucrados y por eso las definiciones más abarcativas, como las de Amartya Sen o Debraj Ray, ponen el foco en las capacidades de las personas para vivir una vida prolongada y satisfactoria. En los hechos, hay dos variables críticas que nos ayudan a sintetizar el grado de desarrollo de un país: el PBI per cápita y la distribución del ingreso. Muchas otras dimensiones quedan contenidas en estas dos variables. Argentina se ubica lejos de los países más desarrollados, que son aquellos que combinan un elevado ingreso medio con una distribución relativamente equitativa. Pero también está lejos de los países más pobres y desiguales, que es la peor combinación posible. Usando un paralelismo deportivo, te diría que la Argentina se ubica de mitad de tabla hacia arriba en el escenario internacional del desarrollo económico. Lo que sucede es que esa posición está muy lejos de las expectativas de la mayoría de los actores sociales y eso genera escenarios de mucha conflictividad interna.

¿Cuánto de las teorías y de las experiencias exitosas de otros países es realmente aplicable en un país como el nuestro?

GH: Desde hace años está de moda entre los economistas subrayar el carácter idiosincrático del desarrollo y enfatizar que no existen recetas únicas ni caminos lineales a imitar. Esto en parte es cierto: las especificidades de cada país y el contexto histórico y geopolítico en el que se mueve son muy importantes. Pero también es indudable que las experiencias exitosas de desarrollo ofrecen pistas o lecciones a los países atrasados. Una de esas lecciones, clave para el caso argentino, pasa por desafiar el dogma de las ventajas comparativas. La evidencia empírica te muestra que lo que un país produce y cómo lo produce –en términos tecnológicos y de la densidad de encadenamientos domésticos– no es neutral en términos de desarrollo.

Mirando, por ejemplo, el incremento de la participación de los servicios en el comercio internacional, ¿hay que seguir teniendo la mirada puesta en el sector industrial como locomotora del desarrollo?

GH: Con la desintegración de las cadenas productivas hay países atrasados con exportaciones industriales a primera vista sorprendentes pero que son simplemente enclaves de una armaduría industrial de escaso valor agregado y nulo derrame tecnológico. Sin embargo, para la mayoría de los países avanzados –y también para China y otros emergentes dinámicos– la industria sigue siendo hoy un terreno fundamental, no tanto en términos de empleo, pero sí en sus exportaciones y, sobre todo, como plataforma sectorial en materia de innovación tecnológica. Dos terceras partes de la I+D empresarial en Estados Unidos se lleva a cabo en firmas industriales y en Alemania, Japón o China esa proporción es del 85%. O sea que, pese a lo que dicen algunos analistas, no vivimos en un mundo posindustrial. Pero tampoco hay duda de que algunos servicios basados en conocimiento vienen ganando terreno y presentan un gran potencial. El tema es que muchos estudios recientes concluyen que, más allá de que han ganado capacidad transable, esos servicios dinámicos aún guardan fuertes lazos de interrelación o solapamiento con la trama industrial doméstica. Tal vez debamos abandonar el fetiche del nomenclador y asumir que ciertas actividades económicas modernas tienden gradualmente a mimetizarse. Una eventual agenda de reindustrialización de la Argentina –hoy muy lejana– debería reimpulsar muchas actividades industriales complejas en las que nuestro país alcanzó capacidades importantes, pero también debería apostar a ciertas actividades intangibles dinámicas.

¿Cuáles deberían ser los sectores a impulsar para generar divisas?

GH: En materia de divisas hay que ser muy pragmáticos. Por ejemplo, si bien el eslogan que invita a convertirnos en el “supermercado del mundo” es una tontería, en buena medida porque el mercado de alimentos elaborados es uno de los más protegidos del planeta con aranceles exorbitantes y otras barreras, hay margen para explorar nichos de exportación específicos para nuestros productos regionales. Lo que sucedió en las últimas décadas con el vino argentino ilustra el punto. Por otro lado, pese a las resistencias internas y las restricciones supranacionales, no puede desatenderse la necesidad de sustituir parte de las importaciones industriales. En la etapa 2004-2011, con la economía volando al 6% anual, la elasticidad de las importaciones fue muy alta y condujo a un aumento explosivo del déficit comercial industrial, con registros anuales equivalentes al 7% del PBI. Frente a cualquier perspectiva de crecimiento de largo plazo no hay boom de los commodities que te financie semejante agujero de divisas. Es una tarea ardua, pero la tenés que encarar a través de las distintas cadenas sectoriales, aun sabiendo que en muchas de ellas el control de las empresas transnacionales es prácticamente total. Finalmente volvemos a los servicios modernos transables. Como sabrán, son la referencia de moda desde hace un tiempo y la respuesta sencilla sería decir, como muchos economistas locales, que ahí existe una enorme oportunidad latente para dar un salto exportador en las próximas décadas. Yo soy más escéptico.

¿Por qué?

GH: Básicamente porque entiendo que existen trayectorias de continuidad –me refiero a una continuidad de capacidades productivas y tecnológicas, pero también a dimensiones como la financiera– entre los países que alcanzaron a desarrollar una industria madura y los que se perfilan hoy como los principales protagonistas en el plano de los nuevos servicios dinámicos. Un ejemplo: el Reino Unido fue el gran artífice de la Revolución Industrial pero desde hace algunas décadas exhibe un déficit crónico en su balanza comercial de bienes industriales que compensa con un superávit en su balanza de servicios cercano a 5 puntos del PBI. Hoy es uno de los mayores exportadores netos de servicios financieros, seguros y otras actividades profesionales. La pregunta es: ¿podría el Reino Unido ser hoy lo que es en materia de servicios transables sin su pasado de potencia industrial? Creo que cualquier análisis serio del caso británico te respondería que no. Entonces, ¿cómo y por qué la Argentina lograría romper con la path dependence negativa que se deriva de su desindustrialización prematura iniciada a mediados de los ‘70? En cualquier caso, desde una perspectiva de política industrial moderna, creo que en nuestro país deberían explorarse alternativas para darle mayor escala a ciertas iniciativas promisorias dentro de los servicios transables, como los que mencioné antes.

¿Consideras que las instituciones públicas existentes son suficientes para impulsar un proyecto serio de desarrollo?

GH: Todas las estrategias nacionales de desarrollo exitosas contaron con mecanismos eficientes de articulación público-privada, lo cual incluyó la existencia de una burocracia pública profesionalizada para interactuar con el empresariado. Creo que las instituciones y los equipos técnicos actuales del Estado argentino son limitados y ese punto debería ser atendido. Pero no hay que poner el carro delante del caballo. Si el célebre MITI de Japón en la segunda posguerra mundial no hubiera estado en manos de una conducción política con una decidida vocación industrialista y transformadora no hubiera servido para nada. El punto de partida de todo cambio productivo estructural es de naturaleza política, no tecnocrática.

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